ACTIVIDAD 2. TERCER PERIODO.


Lee los textos 4, 5 y 6. Describe la idea principal o situación que describe cada uno.

TEXTO 4.

Perdido en mi habitación,
sin saber qué hacer,
se me pasa el tiempo
Enciendo el televisor,
me pongo a fumar
bebo una cerveza
para merendar.

Me voy a emborrachar
de tanto beber.
No paro de hablar
con esa pared.

Perdido en mi habitación
busco en el cajón
alguna pastilla
que me pueda relajar
que me pueda quitar
un poco de angustia.

Perdido en mi habitación,
sin saber qué hacer,
se me pasa el tiempo.

(Fragmentos de una canción del grupo Mecano)

TEXTO 5.

En defensa de la amistad y del respeto a los demás De nuevo mis padres se muestran poco entusiasmados con la idea de invitar a Felipe a casa. Para ellos, ¡es un golfo!
Sé que comete tonterías como robar cositas en los almacenes, mezclar cartas en los buzones del barrio, fumar a escondidas...

 Tenemos la misma edad y nos conocemos desde hace diez años. No le veo a menudo, pero siempre me gusta volverle a ver. Me considero su amigo, porque sé que es capaz de hacer buenas cosas, a pesar de sus tonterías. Siempre le he defendido, incluso cuando no estaba de acuerdo con lo que había hecho. Para mí, esto es un amigo: aceptarle tal cual es, con sus virtudes y defectos.

Trato de convencer a mis padres de esta amistad y comienzan a entenderla, pero están intranquilos.
 Trato de ponerme en el lugar de Felipe y comprenderle. ¿Hace las tonterías para llamar la atención y parecer interesante? Pero no hay que fiarse de las apariencias. Felipe, en el fondo, es muy bondasoso y sensible.

Yo creo que para respetar a los demás no hay que fiarse de las apariencias, sino mirar un poco más lejos. Algunas personas necesitan ayuda y comprensión, pero no se atreven a decirlo. Somos nosotros los que tenemos que adivinar su problema.

Nicolás, 13 años.
(De Prête-moi ta plume... ambassadeurs de l’amitié, Castor Poche Flammarion)

TEXTO 6.

Caperucita azul

Aquella niña de siete años, inserta en paisaje alpino, era encantadora. La llamaban, por su indumentaria, Caperucita Azul.

Su encanto físico quedaba anulado por su perversidad moral. Las personas cultas del pueblo no podían explicar cómo en un ser podían acumularse la soberbia, la crueldad y el egoísmo de un modo tan monstruoso.

Sus padres luchaban diariamente para convencer a Caperucita.
—¿Llevarás la merienda a la abuelita?
—No.

Y surgían los gritos y las amenazas.Todo lo que surge cuando hay un conflicto educacional. Caperucita tenía que atravesar todos los días, tras la discusión, un hermoso pinar para llegar a la casita donde vivía sola la abuelita.

Caperucita entraba en casa de su abuelita y apenas la saludaba, dejaba la cesta con la merienda y marchaba precipitadamente, sin dar ninguna muestra de cariño.

Había en el bosque un perro grande y manso de San Bernardo. El perro vivía solo y se alimentaba de la comida que le daban los cazadores.

Cuando el perro veía a Caperucita, se acercaba alegre, moviendo el rabo. Caperucita le lanzaba piedras. El perro marchaba con aullido lastimero. Pero todos los días el perro salía a su encuentro, a pesar de las sevicias.

Un día surgió una macabra idea en la pequeña pero peligrosa mente de la niña. ¿Por qué aquel martirio diario de las discusiones y del caminar hasta la casa de su abuela?

Ella llevaba en la cesta un queso, un pastel y un poco de miel. ¿Un veneno en el queso? No se lo venderían en la farmacia. Además, no tenía dinero. ¿Un disparo? No. La escopeta de su padre pesaba mucho. No podría manejarla.

De repente brilló en su imaginación el reflejo del cuchillo afilado que tenía en su mesita la abuelita.

 La decisión estaba tomada. El canto de los pájaros y el perfume de las flores no podían suavizar su odio. Cerca de la casa surgió de nuevo el enorme perro. Caperucita le gritó, lanzándole una piedra.

 Llamó a la puerta.
—Pasa, Caperucita.

Su abuela descansaba en el lecho. Unos minutos después, se oyeron gritos.

Cuando el cuchillo iba a convertirse en instrumento mortal, Caperucita cayó derribada al suelo. El pacífico San Bernardo había saltado sobre ella. Caperucita quedaba inmovilizada por el peso del perro.

La abuelita, tras tomar una copa de licor, reaccionó del espanto. Llamó por teléfono al pueblo.

 Caperucita fue examinada por un psiquiatra competente de la ciudad. Después la internaron en un centro de reeducación infantil.

La abuelita, llevándose a su perro salvador, abandonó la casa del bosque y se fue a vivir con sus hijos.

Veinte años después. Caperucita, enfermera diplomada, marchaba a una misión de África.
—¿A quién atribuye usted su maldad infantil?
—le preguntó un periodista.
—A la televisión
—contestó ella subiendo al avión.

En África, Caperucita murió asesinada por un negro que jamás vio televisión. Pero había visto otras cosas.

Ignacio VIAR

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